Voy a iniciar con unas cortas líneas, como así mismo cuento que no
necesito demasiadas palabras para dirigir mi cometido comunicativo. Ha sido un
equipo de fútbol el que me ha hecho sonreír con sinceridad luego de mucho
tiempo, luego de días y meses. Millonarios de Bogotá, mi equipo del alma desde
mi infancia, ha vuelto a campeonar y por primera vez ante mis ojos, que no
ocultaron las lágrimas, gotas que pasaron por mi cara pero esta vez no de
tristeza, sino por el contrario de emoción y alegría por la erizante
sensación.
En la agonía de
muchos por el ingreso a la gran final ante Independiente Medellín, con este
tema de que las boletas se incrementaran un 500 %, yo me sentía con un pié
adentro y el otro afuera, primero porque la prensa tiene prioridad en el
ingreso al escenario, pero la piedra en el zapato la puso la Dimayor con sus
restricciones y cupos de ingreso para los medios. En verdad este día estuve
dispuesto a soportar agua, zapatos y hasta hambre con tal de dar la vuelta
olímpica con los vestidos de azul, que gracias al padre celestial finalmente se
logró, aunque el sufrimiento acompañado de muchos colegas nos hizo compartir la
puerta del máximo campo deportivo de la ciudad, para ingresar luego de que el
árbitro hubiese pitado el arranque hacía diez minutos.
Lo importante fue no perderme de ahí en adelante un solo detalle
del juego, que afortunadamente no había gozado de ningún gol. Me senté junto a
un par de colegas, algunos que como yo, y más de un millón de personas en todo
el país, nos comíamos las uñas literalmente para lograr lo inesperado y que lo
teníamos a unos cuantos minutos; no era para menos no obtener un campeonato
hace 24 años.
En mi labor de periodista me tomé a la tarea de observar a mis
acompañantes de camiseta y corazón, también a quienes no lo eran y con una de
sus manos se apretaban una parte de sus vestimenta denotando la energía
negativa para los azules. Sentado en la tribuna de occidental numerada, debajo
de las cabinas y diagonal a las cámaras principales, vi angustiados a dos
amigos, quizás hermanos de sangre, en fin se notaba su lazo de amistad y a la
vez de frustraciones azules, porque eso es lo que ocasionó Cosme y Rentería
cuando dilapidaban claras opciones de gol.
Irónicamente, en las postrimerías del primer tiempo, fue el mismo
Cosme que se inmortalizó en la historia al aprovechar un centro desde la
derecha de Otálvaro y sentenciar la apertura del marcador. La alegría fue
inmensa, como dice un humorista chichombiano: “vos te imaginas”, pues estos
hermanos de sangre explotaron en euforia, saltaron sincrónicamente y se
abrazaron en torno a la celebración y de paso esperanza.
Esa misma esperanza, que días anteriores nos hizo dar ulceras con
la eliminación de la Copa Sudamericana, estaba volviendo a nacer como mata de
marihuana. Para la muestra de una moneda los comandos azules no esperaron y
quizás un cachito mal prendido terminó por encender los fuegos artificiales
antes de tiempo, por lo que casi queman a los jugadores iniciando el segundo
tiempo. ¡Ahh gamines de mierda!
Estas “guevas” parecieran los de la culpa, porque lo que nos tocó
padecer fue innegable. Y sí, como todos temíamos, la desconcentración abrió un
rotico para que los del bolillo nos golpearan; gol del dim.
Luego, con la falta de fe dada por la infinidad de eliminaciones,
ya las caras largas y posiciones sedentarias en la tribuna demostraban la
resignación por los penales.
Que momento tan tensionante de por Dios!, es que no era para menos
si Wason Rentería decidió darle la espalda al arco tras haber ejecutado con
éxito el primer cobro de penal de Millonarios, actitud que le envió un mensaje
fuerte de responsabilidad a Luis Delgado (otro gran héroe).
Ni de imaginarse que se le pasaría por la mente al calvo Delgado,
sabiendo que en sus pies y manos tenía la estrella 14, pero en su corazón a su
esposa e hijo. La decepción no era una opción, pues la hinchada pedía que se
amarrara la pantaloneta y cobrara el sexto cobro ante el agrandado y buen
portero Leandro Castellanos. Para luego, después de anotar, tapara el penal que
estremeció medio país y de paso mi sistema nervioso.
Gracias Dios, gracias porque existe el fútbol, gracias porque
existe Millonarios. Esta misma fuerza azul que ha unido más que distanciar
personas, esta que removió los límites del mundo entero con una misma alegría.
Fue en ese instante, en el que tuve el privilegio de trotar el
gramado del Campín junto a los merecidos ganadores, que pasé en un estado de
que no la creía, recordando que meses a tras acompañe a mi gran amigo Duván
Alonso, cuando él celebró el título santafereño, pues me impresionó su sonambulismo.
Yo había soñado igual con vivir en ese momento diferente, celebrando de brazos
con personas de mi entraña. Este fue el día que me sentí renovado luego
un trasegar de piedras y flores que me dio el 2012, pero que no me arrepiento
de ninguna porque el paisaje que Dios nos da hay que disfrutarlo mientras vamos por el camino de la vida.

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